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Por Mario Unda

Tomado de La Línea de Fuego

Hay un debate que flota por allí, en medio de las encendidas discusiones electorales. ¿Qué relación existe entre la democracia y el populismo? ¿Por qué la izquierda aparece “ahora” como defensora de la democracia? Por supuesto, no es un asunto de ahora: la izquierda viene discutiéndolo por lo menos desde inicios del siglo 20; la experiencia de los mal llamados “socialismos reales” y la caída del muro de Berlín acentuaron el debate y el tono con el que se ha llevado. Más recientemente, y más cerca de nosotros, la trayectoria que llevamos en este último medio siglo, entre regímenes oligárquicos, dictaduras militares, neoliberalismo y populismo ha condicionado y enturbiado el tratamiento del tema.

La cuestión de la democracia

Pero, después de todo lo ocurrido, ¿pueden quedar dudas de que uno de los problemas centrales para las izquierdas (y para todo aquel que quiere aparecer como de izquierda) es la relación con la democracia? Digámoslo claramente. Es un craso error teórico y político separar los derechos “materiales” (económicos y sociales) de los políticos (¿”inmateriales”?), como craso error es igualmente separar democracia y transformación social, y, quizás mucho peor, pretender separar socialismo y democracia.

Para comenzar: es falso que la única democracia sea la democracia burguesa (liberal, representativa, restringida,…). Históricamente hablando, la democracia fue producto de la lucha social y de las revoluciones. La revolución francesa no fue únicamente el “golpe de mano” de la burguesía, sino una rebelión popular amplia que portaba en sí otros sentidos de la democracia tanto respecto a los derechos “materiales” cuanto en lo tocante a los derechos “políticos”, y que fue arrancando de a poco los “derechos democráticos”.

En sus inicios, la democracia burguesa no quería reconocer ni el sufragio universal y directo; “el amo no trata sus asuntos con los esclavos”, decía un asambleísta girondino, y los constitucionalistas norteamericanos le pusieron mente y empeño hasta dar con el modo de que no sea directamente el voto popular el que elija a los gobernantes (y Mr. Trump puede hoy dar gracias por ello). Sólo recordemos que acá en el Ecuador el sufragio universal se reconoció finalmente solo en la Constitución de 1978.

Tampoco tiene un ápice de verdad la hoy extendida creencia de que los movimientos de las clases trabajadoras se quedaban exclusivamente en las demandas “materiales”: no querían solamente ser alimentados mejor, querían libertad. La crítica de izquierda a la democracia burguesa enfatizaba, por cierto, las condiciones de vida y la falsedad de una democracia que mata de hambre a sus ciudadanos, pero no se detenía allí: con el mismo ímpetu insistía en que no puede haber libertad mientras esa libertad no sea para todos. La libertad no era sólo un slogan de los liberales: la izquierda luchaba porque esa libertad sea efectiva, y sea efectiva para todos. Luchaba por que la libertad de cada uno sea la condición para la libertad de todos, como escribió Marx; y dejó en claro, durante la guerra civil norteamericana, que los obreros blancos no pueden ser libres mientras los trabajadores negros sean mantenidos como esclavos.

Esta línea política se hizo más clara todavía después de las revoluciones de 1848, cuando se hizo evidente que la burguesía había dejado de ser revolucionaria y no luchaba ya por los derechos democráticos, sino por mantenerlos lo más restringidos posibles. La burguesía había dejado de ser el sujeto de las demandas democráticas, y el movimiento de los trabajadores debía tomar para sí esa tarea. Pero debía hacerlo, además, porque los derechos y las libertades democráticas no son el discurso prejuicioso de algunos idealistas que le hagan el juego a las oligarquías, muy por el contrario, son una condición esencial para la lucha popular.

Entre las principales demandas de los movimientos sociales populares en el siglo 19 y a inicios del siglo 20 estaban por eso el derecho a la libertad de organización, el derecho al voto y la libertad de expresión; y esto junto a la jornada de 8 horas y a la consecución de condiciones dignas de vida. No tenemos condiciones dignas de vida si no tenemos libertades. Por eso lo social y lo político eran vistos como una línea de continuidad, no separados como se hizo después (y como hasta ahora se intenta mantener -recordemos solamente al correísmo disolviendo organizaciones sociales por el delito de actuar políticamente). A tal punto es propio de la izquierda marxista esa unidad y continuidad que Marx pensaba que los campesinos franceses de mediados del siglo 19 no eran una clase porque no habían logrado la capacidad de representarse políticamente por sí mismos.

La democracia en las periferias

Todo eso es mucho más cierto en el capitalismo periférico; también acá los derechos democráticos han sido conculcados, tanto los derechos “materiales” cuanto los derechos “inmateriales”, y la perversidad de la dominación es que nos quieren convencer de que, para poder tener acceso a unos, debemos renunciar a los otros.

En la época neoliberal querían justificar el atentado contra los derechos económicos y sociales bajo el argumento de que, por lo menos, teníamos “democracia” (claro, se referían a la democracia liberal, restringida); así que, nos decían, había que limitar las demandas sociales y económicas “para que no volvieran las dictaduras”.

Los populismos de ahora dieron la vuelta el discurso, pero mantienen la separación entre los derechos: ahora que ya nos reconocen los “derechos materiales”, ¿para qué protestar si se atenta contra los “inmateriales”? Como han subido los salarios, como se ha invertido en educación y en salud, como hemos podido incrementar el consumo de bienes mercantiles y de servicios públicos, entonces no importa que se niegue la libertad de organización y se pongan trabas a la libertad de expresión. Más aún, tenemos que olvidarnos de las libertades políticas para que no vuelva el neoliberalismo.

Es claro que ambos discursos, aunque parecen ser diametralmente opuestos, son en realidad apenas las dos caras de una misma moneda. Discursos de este tipo sólo sirven al mantenimiento de una u otra dominación; no sirven para la emancipación.

Luego de 25 años de neoliberalismo, luego de 15 años de populismo, en América Latina ha quedado en claro que las reivindicaciones democráticas no pueden ser resueltas ni cumplidas por las oligarquías, pero tampoco por las clases medias y las nuevas burguesías populistas. Será tarea del movimiento popular.

La libertad y la democracia no son prejuicios burgueses, como han querido aleccionarnos los trasnochados teóricos del populismo correísta, son elementos centrales del programa político de toda izquierda revolucionaria. La democracia a la que aspiramos no niega los derechos y las libertades democráticas, ni los separa, ni pone unos por encima de otros: queremos construir una democracia que sea “mil veces más democrática que la más democrática de las repúblicas burguesas”.

La insuficiencia democrática del populismo

Queda claro con eso la insuficiencia democrática del populismo. Con el correísmo hemos podido verlo con absoluta claridad. ¿Se han atendido demandas sociales represadas por el neoliberalismo? Sí. Unas, de modo progresivo; otras de modo conservador; otras más combinando elementos progresivos y regresivos.

Ejemplos. Derechos de los trabajadores: el Mandato 8 y la Constitución, reconocen derechos que habían sido negados por el neoliberalismo: derecho a organización y el derecho a huelga. Sí, pero, en el párrafo siguiente se niegan esos mismos derechos a los trabajadores del Estado, con el argumento bobalicón y falso de que el Estado no es patrón como el patrono privado. Se elimina la tercerización en el Mandato 8; se la restituye en el reglamento al mandato con el nombre de “externalización de servicios”. Movimiento progresivo, por una parte, movimiento reaccionario por otra.

Derechos indígenas: se reconoce la plurinacionalidad en la Constitución, se niega el derecho a formas propias de educar, de sanarse, de impartir justicia. movimiento progresivo, por una parte, seguido por un movimiento reaccionario.

Derechos de las mujeres: reconocidos y ensalzados en la Constitución, borrados en el Código Integral Penal y en las expresiones burdamente machistas del propio Presidente. Para casi todo derecho que ha sido reconocido en esta década encontramos su secuencia en formas regresivas de negación.

Para evitar confusiones y para dejarlo en claro de una buena vez, si desde la izquierda revolucionaria se critica al populismo no es porque no sea socialista (que eso ya es de sobra sabido), sino por sus espantosas falencias democráticas o, por decirlo con más propiedad, por sus persistentes ataques a los derechos democráticos.

Y es por esto -nada más y nada menos que por esto- que las demandas democráticas han vuelto a cobrar centralidad. Nada de frases vacías y retóricas, nada de prédicas abstractas, como pretendieron siempre los correístas de la primera hora, y como repiten ahora los correístas tardíos. Se trata de demandas concretas y precisas. Hoy, por lo menos estas dos: primero, recuperar los derechos democráticos que han sido atropellados por el gobierno de Correa en estos diez años. Segundo, desmontar todos los dispositivos legales, institucionales y administrativos de los que se sirve el correísmo para perseguir y tratar de destruir a los movimientos populares y a las organizaciones sociales autónomas.

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