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A los 20 años de un hecho histórico

caida de abdala

Por: Edgar Isch L.

Entre el 5 y el 7 de febrero de 1997 se produjo uno de los mayores levantamientos populares de las últimas décadas en el Ecuador. Desde antes, las organizaciones populares venían enfrentando las políticas neoliberales, elevando los niveles de lucha social, planteando alternativas y, con todo ello, generando cambios en la conciencia popular. De hecho, las acciones levantadas contra el oligárquico y proimperialista gobierno de Sixto y Dahik lo pusieron en riesgo, que solo fue superado gracias al conflicto bélico con el Perú.

Abdalá Bucaram asume el gobierno el 10 de agosto de 1996. Lo hace tras una campaña electoral de corte populista que se ligó con la miseria de la gente, sus angustias y actitud antioligárquica, pero que no planteó soluciones reales. Tanto, fue así que para muchos votar por Bucaram era lo más cercano a un acto de desesperación suicida: “o el loco nos termina de hundir o nos saca de esta”, fue una expresión común.

El gobierno planteó una serie de medidas populistas, expresadas en bonos, anuncios de vivienda barata, mochilas escolares, poses demagógicas, actos extravagantes que distraían la atención popular y el uso de una maquinaria propagandística que superaba al realizado por cualquier gobierno anterior. Sin embargo, colocó en el gobierno altos representantes de la más alta burguesía, como a los banqueros Isaías y al grupo Noboa, con los cuales dio paso a la continuación y profundización de la línea neoliberal de los gobiernos anteriores. Todo este accionar estuvo cubierto de denuncias de corrupción, que superó el descaro ya vivido en el gobierno de Sixto, cuando un familiar suyo que tenía orden de captura por el caso “Flores y miel” salió del país en el avión presidencial en un viaje oficial.

El desencanto creció en momentos en que se incrementaron también las contradicciones inter burguesas en torno al reparto de los beneficios que las políticas neoliberales podían brindarles a ellos. Para diciembre se presenta el plan económico del gobierno que era la aplicación del paquetazo neoliberal, elevando los impuestos a los artículos de consumo masivo y exonerando a los grandes empresarios, ampliando la flexibilización laboral y la reducción de derechos sindicales y oficializando el proyecto de convertibilidad entre el sucre y el dólar (medida cercana a la dolarización) que no tenía consenso ni siquiera en los sectores oligárquicos.

Aunque Bucaram cooptó a ciertos personajes vinculados con la izquierda y sectores del FUT y la CONAIE, a los cuales entregó cargos en el gobierno, y firmó ciertos pactos de cumplir con demandas de las organizaciones populares, procurando tomarse o dividir las mismas, la oposición popular creció de manera acelerada. El 8 de enero del  97 hubo ya una gran explosión popular, apenas un día después que el gobierno anunció el alza del precio del gas.

                                                                                                                                                   

Para el 11 de ese mes se lleva a cabo la primera reunión de conformación del Frente Patriótico en Defensa de la Vida del Pueblo agrupando al conjunto de organizaciones populares y planteándose como tarea inmediata la Asamblea Nacional del Pueblo, que se reúne siete días después y que convoca al paro nacional para el 5 de febrero y a otras jornadas de lucha preparatorias.

El 22 se aprueba el manifiesto del Frente Patriótico, que pone por delante la lucha política por la salida del gobierno y no sólo por aspectos reivindicativos. Un sector de la burguesía comprende la fuerza que adquiere esta convocatoria y llega incluso a expresar su apoyo al paro y a procurar llevar a su molino el resultado de este intenso combate.

El levantamiento: expresión de la fuerza de un pueblo en lucha

Existen distintas estimaciones de cuántas personas se movilizaron en todas las provincias del país el 5 de febrero de 1997. La propia prensa burguesa hablaba de más de 2 millones 400 mil, pero sin duda la cantidad fue mucho mayor y posiblemente superó a los 3 millones de ecuatorianos y ecuatorianas de todas las edades, que se expresaron en las calles y carreteras. La masividad y la convicción de ese pueblo movilizado impidieron la acción de masas que pretendió realizar el populismo y llevaron también al Alto Mando de las Fuerzas Armadas a quitarle el respaldo a Bucaram.

La cantidad de personas involucradas y los altos niveles de lucha rompieron con el argumento de que el combate social no daba resultados y que nunca se iba a poder tumbar a un gobierno oligárquico. Por el contrario, una primera gran lección de estas jornadas es que las grandes acciones revolucionarias de masas no sólo son posibles sino que, en casos como éste, confirman su poder en los hechos.

La potencialidad del pueblo para decidir la historia trató de ser opacada inmediatamente. La oligarquía movió sus fuerzas y maniobró para lograr un cambio de gobierno basado en la demagogia de que se escucharía las decisiones populares y de inmediato sus voceros salieron a decir que levantamientos de este tipo solo se podían ver pasados al menos 50 años. El pueblo lo negó en los hechos cuando a los pocos años volvió a levantarse contra otros dos gobiernos corruptos y neoliberales, derrocando nuevamente a figuras de la política oligárquico burguesa.

El Mandato del Pueblo

En medio de las acciones de alta combatividad, el Frente Patriótico recoge las aspiraciones inmediatas de los luchadores y aprueba el Mandato del Pueblo que plantea extender el paro cívico nacional y demanda la destitución inmediata de Bucaram y la “conformación de un gobierno provisional respetando las decisiones de las organizaciones que han determinado el cambio de gobierno”.

En el mandato se plantearon tareas para ese gobierno provisional que incluyeron la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente “que redacte una nueva Constitución verdaderamente democrática, plurinacional y popular”; asumir las medidas planteadas en la constitución del Frente Patriótico, derogan las medidas económicas contra el pueblo, plantea la moratoria de la deuda externa, una consulta popular para que sea el pueblo quien decida el plan de gobierno a aplicarse, entre otras resoluciones.

Fabián Alarcón, quien encabezó el gobierno que reemplazó al de Bucaram, traicionó estos mandatos y ello dejó claro para los sectores más avanzados de las organizaciones sociales que no se podía dejar la resolución de una lucha de esta naturaleza en el Congreso nacional, que igualmente tenía una mayoría reaccionaria. La elección fue asumida cuando se produjo el levantamiento popular contra Mahuad y se realizó simultáneamente la toma del Congreso y de la Corte Suprema de Justicia, cuyos edificios quedaron en manos de las organizaciones populares mientras se conformaba el brevísimo triunvirato que destituyó a Mahuad.

Un levantamiento sí; pero no un golpe de Estado

Es muy importante resaltar que lo sucedido en las destituciones de Bucaram, Mahuad y Gutiérrez fueron levantamientos populares, es decir acciones desde abajo que confrontaron al poder político y al poder fáctico de la burguesía. Una expresión tan masiva y activa de la voluntad popular debe ser considerada como una alta expresión democrática que se abre precisamente contra quienes no escuchan a los pueblos y que gobiernan para pocos y de manera autoritaria.

Sin embargo, hay quienes han pretendido que esto se considere un golpe de Estado. En muchos casos la confusión que se pretende introducir viene desde integrantes del actual gobierno, que demuestran así el miedo ante un pueblo que tome conciencia de su situación y se plantee la salida a la crisis y el hambre.

Un golpe de Estado, según la mayoría de tratadistas de la política, se distingue por ser una forma de ajuste de cuentas entre los sectores dominantes. Es por tanto una medida desde arriba, desde el poder político y los poderes fácticos de la sociedad, para lograr resolver las disputas interburguesas respecto a la manera de distribuir entre ellos la riqueza socialmente generada.

Un golpe de Estado puede contar con sectores populares manipulados y engañados, pero no se plantea entregar el poder sino reestructurarlo para que la acumulación de riquezas en pocas manos sea posible.

El Mandato del Pueblo es la más clara demostración de que aquella movilización no se trataba de un ajuste de cuentas entre poderosos, aunque sus diferencias también se hicieron presentes, sino que lo que movilizó al pueblo fue una propuesta política respecto a la necesidad de un gobierno auténticamente popular y democrático, de las más altas expresiones de democracia como la constituyente y la consulta en torno al plan de gobierno, de una política económica favorable a las mayorías. Así, no sólo fue un levantamiento popular porque nació desde abajo, sino que lo fue también por el contenido político del mismo y por abrir las puertas a años de importantes luchas contra el neoliberalismo, contra las imposiciones de las potencias y las transnacionales, por una Patria Nueva.

La historia sigue su marcha

Esa lucha que derrocó gobiernos, ciertamente tiene dificultades de diverso orden en nuestros días. Sin embargo, la historia no se detiene y tanto las batallas ganadas como las perdidas forman parte de un proceso en el cual los sectores populares van aprendiendo de su propia experiencia, mejorando su organización y fortaleciendo su comprensión de la realidad.

Tal vez hoy no estamos en las condiciones que se dieron para la caída del populismo bucaramista. Esto es lógico, pues vivimos otro momento histórico. Sin embargo, la historia no es una sola batalla y lo que viene por delante, sin duda, reflejará cada vez con más fuerza las ansias de una transformación social que tiene la gran mayoría de ecuatorianos y ecuatorianas.

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