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 reggaeton

Ricardo Naranjo
VICEPRESIDENTE JRE

“…Yo creo en el amor desde que te conocí / justo cuando pensaba que eso no era para mí / Cuando morían mis esperanzas / cuando mis fuerzas se agotaban / llegaste tú… / Mi nena, mi princesa…” ¿A qué balada romántica, ochentera pertenecen estos versos?, Exacto, ¡A ninguna!, es la cuarta estrofa del reggaetón “Princesa” del cantautor puertorriqueño Kenny Vásquez, conocido en el mundo artístico como Ken-y.

 

Ha trascendido por varios medios de comunicación que la SECOM (Secretaría de Comunicación) ha restringido la transmisión de reggaetón y “ritmos urbanos” en horario familiar, debido a su “contenido sexual”, en la cuenta de twitter de esta entidad dice: “El creciente descontento ciudadano frente a un lenguaje con alto contenido sexual de canciones de reguetón (sic) o música urbana, convoca a los diversos actores de comunicación social a ejercer su función con responsabilidad, respetando el derecho constitucional y legal a recibir información de calidad, así como la segmentación de audiencia y franjas horarias, contempladas en la Ley Orgánica de Comunicación”.

 

Pese a que, probablemente, guiados por los gustos estéticos personales, muchos hasta llegarían a aplaudir esta decisión, llegando –incluso- a expresar que la SECOM “por fin le atina a una”, esta decisión -que es tan solo una raya más al tigre- deja notar, una vez más, el carácter autoritario de quienes conocen poco y prohíben mucho, desde una concepción tan conservadora que haría saltar de gusto al más curuchupa.

 

A las inquietudes de forma (¡La SECOM no sabe ni cómo se escribe reggaetón!, ¿Música urbana es toda la que se escribe en la urbe?, lo constitucional… ¿No es legal?), se suma el hecho de que nuestras brillantes autoridades -que, para colmo son los principales llamados a garantizar la libertad de expresión- apuntan a la forma y no al fondo, de manera artificiosa llegan a la conclusión de que es el reggaetón y no buena parte de la música contemporánea –en general- la que tiene una fuerte carga de sensualismo y erotismo, lamentablemente, como un fenómeno comercial y reproductor de las condiciones de marginación del sistema en que vivimos.

 

La doble moral les ha llevado a callarse frente a los actos de violencia de género cometidos por “sus jefes” en innumerables ocasiones, sino, recordemos los insultos contra mujeres por parte del anterior presidente, las afirmaciones de que las fiestas en Carondelet “han mejorado” por la concurrencia de sus “guapas” funcionarias, la equiparación de la libertad sexual con las prácticas de su perro, la negación al derecho del aborto en casos de violación, la utilización de la mujer como objeto sexual en sus actos proselitistas, incluso en presencia de menores de edad, etc. A lo que se suma que, poco o nada se ha hecho para regular contenidos de programas que, a cuenta de “producción nacional” o reallity shows, instrumentalizan a la mujer, ridiculizan a las minorías sexuales, relativizan el sexo y crean unos estereotipos que proyectan poca capacidad intelectual, hedonismo, vanidad, individualismo y egoísmo. ¡El propio personaje de “La mofle”, solo les pareció inadecuado cuando contrapunteó a Correa en plena campaña!

 

Pero, eso sí, en esta ocasión, haciendo gala de su prepotencia y subestimación frente a la juventud, como se trata de un problema de “guambras libidinosos”, de “ponte condón y disfruta un montón” (Como afirmó el mismo Correa cuando impulsaba el “Plan Familia”), ahí si les sale el Opus Dei que llevan dentro y, “con rosario en mano”, prohíben que se escuche esa música desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Lo cual, además de ser la continuación de una “encrucijada” en contra de las “tribus urbanas”, las matinés, “las caídas” y las demás cosas que “descarrían” a la juventud; sentaría un penoso antecedente ya que, si, ahora quieren controlar lo que escribimos en redes sociales (para eso quieren hasta crear una Ley Orgánica), la música que escuchamos y hasta las ideas que tenemos, mañana hasta nos han de querer imponer el color del calzoncillo, como expresión de la domesticación social que se ensaya desde las altas esferas, buscando que se sostenga el status quo.

 

Si usted, mi querido amigo, se considera una persona democrática y de izquierda, le guste o no este u otro ritmo, no debería sentirse tan feliz, incluso convendría que, algunitos desempolvemos los recuerdos de los tiempos en los que decían que “Los rockeros van al infierno” (Cómo dice la canción del grupo “Barón Rojo”). No sólo por el hecho de que, en términos de derechos individuales, dudo que alguien le haga daño a otro por escuchar o bailar reggaetón, sino porque, acogiendo esos ritmos y otros géneros musicales -en lo que respecta a su forma- y dotándoles de elementos democráticos, progresistas y de izquierda, probablemente, podríamos involucrarnos más fácilmente con importantes sectores de jóvenes que anhelan libertad.

 

Mientras tanto, probablemente, habrán quienes se sentirán más cómodos –al igual que la SECOM- cuando, en la radio “Canela”, en el trayecto del bus hasta sus trabajos, en lugar de escuchar “La Quemona”, “El Taxi”, “Despacito” o cualquier otra del género, suenen letras como: “…Ya sé / el camino a la fama no significa nada / si no hay una misión / ¿cuál es? / Hacerte muy putita, probar tu galletita / con toda devoción….” (Babasónicos, rock alternativo); o, “…Cuando te pones pantalón / Y te tocas por detrás / Se me suelta el corazón / Y te quiero más y más…” (La sonora dinamita, cumbia)…

 

Y no porque se quiera meter en un solo saco a todos los géneros y todas las épocas, sino porque, en todas las épocas ha habido canciones con contenidos considerados “adecuados” e “inadecuados”, y, como feliz coincidencia, siempre ha sido el poder el que ha prohibido, fundamentado en “absolutos” y “eternos” valores morales… O es que acaso, la Iglesia Católica no vetó a Ángel Leónidas Araujo Chiriboga y prohibió que se escuchara su pasillo “Rebeldía” escrito en marzo de 1936?.... En todo caso, siempre debería prevalecer, entre nosotros, la tolerancia y la defensa de nuestro derecho a escuchar la música, vestir la ropa, comer la comida, pensar y actuar como nos determine nuestra voluntad y no unos burócratas que ni se han tomado la molestia en conocernos en realidad.

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