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plebiscito colombia 2016

MUNDO

Por Ramiro Vinueza

¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera? fue la pregunta a la que la mayoría de colombianos

que acudieron a votar en el plebiscito del 2 de octubre dijeron NO. Esta respuesta alcanzó 6 millones 431.376 votos (50.02%) frente a 6 millones 377.482 por el SÍ (49,78%), una diferencia de 58 mil votos, el 0,5%. De los 35 millones de colombianos habilitados para votar, apenas 13 millones acudieron a las urnas; es decir, cerca 22 millones de personas (63%) mostraron indiferencia ante este proceso que buscaba refrendar los acuerdos firmados entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC EP.

El análisis de la distribución territorial de la votación establece que el SÍ ganó (aparate de Bogotá DC) en los departamentos en los que el conflicto armado afecta de manera directa a la población, donde existe el mayor número de desplazados, de desaparecidos y muertos; en los que intervienen no solo las fuerzas guerrilleras, sino también el paramilitarismo y las fuerzas represivas del Estado.

Los cuatro años de negociaciones entre el gobierno y las FARC fue un tira y afloja, en el que la organización guerrillera hizo importantes concesiones al gobierno, quien por su parte buscaba el rédito político para la continuidad de su proyecto gubernamental. Este juego terminó por desgastar el proceso que la mayoría de colombianos vieron inicialmente como positivo. El gobierno lo supo, por ello rebajó el umbral de la votación para su aprobación del 50 al 13%. El plebiscito que buscaba refrendar esta línea fracasó.

En una situación tan compleja resulta simplista señalar que el triunfo del NO significa que los que votaron por esta opción quieren la continuidad de la guerra. La mayoría de ellos fueron influidos por un manipulador de las fuerzas más reaccionarias y guerreristas, representadas por Álvaro Uribe, que buscaba la rendición total y sin condiciones de las fuerzas insurgentes, que habló de mayores reparaciones y castigos, usaron malévolamente el dolor de las víctimas de las cuales ellos mismo son responsables. Estas fuerzas retrógradas y pro fascistas realizaron una campaña persistente desde el anuncio mismo de las negociaciones, fueron pulsando las debilidades del proceso y alcanzaron el triunfo en el plebiscito por una diferencia pequeña.

El triunfo del No es un gran golpe para el gobierno y las FARC, y  para los sectores sociales que creyeron en la posibilidad de la paz. El gobierno de Santos, golpeado y debilitado, ha señalado que el proceso por la paz continuará, ha enviado a sus delegados a la Habana para informar de los resultados a la dirección de las FARC y ha convocado a conversaciones a las fuerzas que representa Álvaro Uribe. De hecho, Santos tendrá que ponerse de acuerdo con Uribe en los ‘nuevos’ parámetros que este proponga para la continuidad del ‘proceso de paz’, como la rendición total y sin condiciones, la negativa a la reforma agraria, el respeto a la propiedad privada, la impunidad para los crímenes de Estado perpetrados por las fuerzas represivas del Estado y la cárcel para los insurgentes. Es decir, la línea histórica de violencia de la oligarquía colombiana.

Por ahora, todos hablan de continuar el proceso de paz, pero es evidente que este se hará contando con las nuevas condiciones, con el gobierno y las FARC debilitados como interlocutores principales, con la recuperación política de Uribe que, avalado por el triunfo, presionará con sus posiciones y calculará sus pasos con miras al  proceso electoral del 2019.

 Las FARC, por su parte, afirmaron que continuarán buscando la paz, que la “única arma que usarán será la palabra”, e hizo un llamado a sus militantes a continuar con el cese al fuego. Sin embargo, en estas nuevas condiciones la pregunta es ¿Cuántas más concesiones, a más de las realizadas, está dispuesta a hacer las FARC?  ¿Buscará un acuerdo de paz a cualquier precio? ¿Qué papel jugarán las otras fuerzas insurgentes que estuvieron fuera de las negociaciones?

El surgimiento del movimiento guerrillero en Colombia lleva más de 50 años, el aparecimiento y permanencia de las fuerzas insurgentes tiene su origen en la injusta estructura económica y social de la sociedad colombiana, en la súper explotación y opresión de los trabajadores y los pueblos, en la expropiación de las tierras de los campesinos, en las precarias condiciones de vida de la población, en la anulación de sus derechos, en la violencia, en el terror estatal y de grupos de poder económico ejercido para exterminar y desplazar a miles de hombres y mujeres del pueblo.

Un acuerdo de paz, reclamado por quienes son víctimas de la guerra, sin duda mejora las condiciones de convivencia, pero la paz auténtica y duradera para los pueblos se alcanzará extirpando las causas que provocan la violencia, esto es, la estructura del sistema capitalista.

 

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