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Alfonso Murriagui

 

Por Ramiro Vinueza

Nuestro querido compañero, amigo y camarada falleció el 20 de enero del 2017. En agosto del año pasado cumplió 87 años. No esperó mucho para ir al  encuentro de su amada

compañera de toda la vida, Olga Marina, quien seis meses atrás también falleció.

La pena y dolor de la partida de Alfonso nos ha invadido, la idea de que un ser querido se aleja para siempre   nos deja una sensación de vacío; sin embargo, en medio de todos  esos sentimientos que trae la muerte, vuelve a aflorar la vida de Alfonso en una nueva dimensión, como  legado de alegría, de amor, de entrega y de lucha reflejada en su gran obra artística y periodística, en su condición de profesor y  gestor cultural, de amigo y compañero leal, de luchador revolucionario incondicional. Por ello, una vida como la de Alfonso Murriagui merece ser reivindicada, recreada y festejada. 

Sin duda tuvo una vida plena, gozada y sufrida, guiada y entregada por completo a los ideales de transformación de la sociedad que recorren su obra poética, narrativa y periodística.  Cuando cumplió ochenta años, en un memorable artículo publicado en Opción dijo: “Una sola palabra y una sola vida! Si miro hacia adelante solo veo una pared blanca que no tiene fecha. Y si miro hacia atrás, ahí está la vida. ¡TODA LA VIDA! Gozada y sufrida día a día, sin que haya podido saltarme uno solo. Todos los días siempre en la brecha, sin descuidar un minuto, sin olvidar un instante, viviéndola poco a poco, pero plenamente, sin darme tiempo para arrepentirme de nada. Seguro de que todo lo que he vivido ha sido bueno, inclusive los días malos y los malos pensamientos, que han durado muy poco...”

Compartiendo muy íntimamente esa vida  estuvieron su bella compañera Olguita, sus dos hijos Rubén y Lolita, sus nietos y bisnietos. Al hablar de ellos decía “… estoy feliz, junto a una hermosa familia que me cuida y que me mima. Una familia que me ama y que hace todo lo posible para que estos años, que pasarán frente a la pared blanca, sean los más hermosos de mi vida”.

Fue un hombre recio, entusiasta, de mucha acción, que  nunca concibió la quietud,  en la dialéctica de su vida renovaba y replanteaba  sus proyectos y compromisos. Hace dos años cuando el peso de los años hacía estragos en su salud y en su memoria, siempre quiso continuar: “Quiero retomar mis páginas, venir por lo menos una vez a la semana, compartir los debates y análisis que se hacen de la situación del país, eso me da vida. No puedo estar quieto, estoy viejo pero no he muerto y puedo seguir contribuyendo,  quiero ir más allá;  estar con ustedes, con los jóvenes que vienen a Opción, me revitaliza, así es que eso quiero hacer y me comprometo”. Y por supuesto que seguirá con nosotros, inspirándonos y animándonos a cumplir con los compromisos que tenemos con la historia  de los pueblos.

Alfonso tuvo múltiples oficios, de los cuales extrajo muchas experiencias. Apenas con 12 años entró al mundo del trabajo, aprendió a escribir a máquina en un bufet de un abogado, fue empleado de una editorial donde pasó de contador de papel a vender cuadernos en el mostrador, fue pintor de casas, se alistó voluntariamente al  Ejército del cual fue soldado, ocupación que le permitió conocer varias provincias del país a lomo de mula; ahí su irreverencia le costó varios castigos y no le permitieron ningún ascenso, allí  hizo otros oficios, fue cocinero, “anotador” del oficial que hacia la mediciones topográficas.

Sus estudios los realizó en el  Colegio Nocturno “Mejía” y Periodismo en la Universidad Central. Su carrera universitaria la pudo realizar con una beca otorgada por el diario “El Comercio” a los alumnos más destacados en la Escuela de Periodismo; ya con su título fue a trabajar en el diario “El Telégrafo”, como reportero parlamentario. Ocupó el cargo de Director de Relaciones Públicas de la Universidad Luis Vargas Torres de Esmeraldas, donde también se inició como profesor de literatura. Ganó  un concurso de merecimientos que lo llevó a ser profesor de la Escuela de Periodismo (luego convertida en facultad) de la Universidad Central,  función que la ejerció por 27 años.

Alfonso se incorpora al Periódico Opción

Aleida Guevara 4

Alfonso llegó  a Opción a pocas semanas de haberse lanzado el primer número, el 21 de enero del 2001. Por alguna razón no le llegó a tiempo la invitación a las reuniones previas a la publicación de la  primera edición.”Por qué razón no me has convocado”, increpó a Ramiro Vinueza, coordinador del periódico en ese entonces, quien como mejor  respuesta lo i

nvito a una taza de café para ponerlo al tanto del proyecto y conversar los ámbitos en los que podía trabajar,  y así sin más  empezó a escribir desde la edición número 04 en el mes de abril del mismo año.

Identificado plenamente con este proyecto de comunicación popular, comprometido con la verdad de las mayorías populares, con las causas de la emancipación social, su presencia vino a sumar entusiasmo, ideas y propuestas que enriquecieron  el debate sobre el devenir del periódico; contribuyó a consolidar el trabajo  colectivo de los hombres y mujeres que fueron y son parte de Opción,  su experiencia  profesional y de vida la puso a disposición sin ninguna reserva y sin ninguna condición que no sea el respeto al número de páginas asignadas  a  su sección del Cultura.

Durante 13 años tuvimos el privilegio de escuchar los relatos de su vida literaria, poética y política, con él conocimos a otros importantes personajes de la vida cultural del país, hablamos de periodismo, de historia, pasábamos revista al acontecer político del país, discutíamos alternativas, planificábamos cada número entre bromas y risas, festejábamos cada paso dado, cada edición y cada año de vida de Opción.

En todo este tiempo mantuvo  dos secciones dedicadas al acontecer cultural: la una, DESDE LAS HUELLAS, en la que rescató  los hechos que en el campo del arte y la literatura  se desarrollaban en la país; la otra sección fue  PERFILES EN EL ARTE Y LA LITERATURA, en la que dialogaba  con aquellas personas que se dedican a la actividad cultural en sus diversos campos, dando a conocer su pensamiento, sus proyectos y realizaciones en la creación artística y literaria, pues tenía el propósito de visibilizar los hechos y los personajes que el sistema los ocultaba deliberadamente. Suman más de dos centenas de crónicas, testimonios, entrevistas, reportajes trabajados con gran esmero periodístico. A esto se suma OPCION EN LIBROS, una columna en la que realizó una valoración crítica de las publicaciones que llegaban a nuestro medio.

 Inquieto siempre por la política, abrió una nueva columna llamada CUERDA FLOJA, donde realizó punzantes cometarios críticos contra las acciones del régimen de turno y el imperialismo.

Alfonso Murragui y Avispafamilia opc04227108

Alfonso, poeta irreverente y revolucionario.

Entre las obras más destacadas están: Poesía universitaria, varios autores, 1962; 33 Abajo, poesía, primer libro tzántzico (1966); Pampa de oro, relatos, 1981; La vida y otros paisajes, poesía 1988; Con las mismas palabras, poesía, 1994; Entre las nubes y el asfalto, poesía, 2001; La verdadera historia del mejor trompón del mundo, 2007; Mi sombra y su boina, poesía, 2008.

 El Alfonso poeta  (además narrador, actor y gestor cultural) tzántzico  fue un artista en rebelión, crudo, recio, directo, sin dobleces, pero a la vez tierno, dotado de una gran sensibilidad para aborda los temas más íntimos hasta las cuestiones sociales.

tzántzicos

No toleraba a los desencantados, a los vacilantes, a los melancólicos, pesimistas  y  renegados, comprendía como el que más los destinos y el papel del arte y de los artistas. Defendió siempre la validez del trabajo cultural y político del grupo de los Tzántzicos, que remeció la conciencia ideológica de varias generaciones “los Tzantzicos (reductores de cabezas)no éramos poetitas como algunos afirman, sino que éramos, ante todo, políticos, y en función de nuestro compromiso político de izquierda actuábamos” dijo en un evento en que se presentó un libro de Ulises Estrella, (otro tzántzico), y señaló que los “reductores de cabezas””  luchaban abiertamente contra el sistema establecido, que realizaban la “revolución cultural” en participación directa con las manifestaciones populares tanto en la literatura como en el teatro. “…todavía estamos trabajando en el arte, en nuestro compromiso de cambiar esta sociedad; todavía estamos en la brecha..”

Definiendo su poesía dijo en otra ocasión:  lo que entrego “…recoge esos amores recoge esos amores, que van desde el amor filial hasta el amor colectivo, ese que involucra la lucha contra la explotación y la miseria. Poemas cortos, para leerlos de un solo tirón, saboreando la intensidad social con la que fueron escritos, puesto que yo no creo en la literatura inocua, en aquella literatura, hoy de moda, en la que se amontona palabras rebuscadas, para publicarlas elegantemente y recibir los elogios del sistema; yo creo que la literatura debe ser cuestionadora, solidaria con los desposeídos y esperanzada en un futuro más humano y más justo…”

Así es Alfonso, ese su legado poético y literario

 

Alfonso, el “Taita”

familia murriagui

Por: Amparo Sigcha

Durante años se escuchaba hablar del “Taita”. Andrés, Juan y Marcelo, nietos de Alfonso, acostumbraban a llamar al abuelo como “el taita”, con cariño, con respeto; nunca hablaban de papá ni abuelo, sino de el “taita”.

El apodo nace hace 41 años con la llegada de Andrés, el primer nieto, que entre balbuceos decía “tata”, por lo que le acomodaron el silabeo a “taita”. Con el tiempo, este nieto fue el amigo, el cómplice y el acompañante de Alfonso. Para el literato, en cambio, era el “compañero” de todas sus salidas y presentaciones; posteriormente, ese lugar lo ocuparon Juan y Marcelo; los tres eran lo más querido para el “taita”. Juan relata que “el taita fue todo, fue mi padre y mi amigo, fue el mejor ejemplo; él nos educó y nos dio todo lo que necesitábamos; nos llevaba de viaje, nos hizo amar la música y la unión familiar; igual era “la mamo” (Marinita)  que siempre aguardaba a todos en casa con la comida y el cafecito caliente”. Cuenta Juan López, el segundo nieto.

A Juan, el taita le marcó la orientación política, también la pasión por la música y la literatura, lo que les hizo inseparables, según lo comenta. A él o a su hermano Marcelo se los veía como acompañantes de Alfonso en cada evento artístico, cultural, o a las reuniones de redacción en el Periódico Opción.

La inocencia y la vivacidad

Desde la niñez, Alfonso mostró inquietud, impaciencia. Las calles del barrio La Loma Grande, en el centro de Quito, fueron testigos de la vivacidad, del ir y venir de Gabriel Alfonso, de su paso por la escuela del Cebollar y posteriormente en el Colegio Nacional Jorge Washington del mismo barrio.  A los 7 años, en el sector  conoció a su mejor amiga, Olga Marina, que estudiaba en el colegio La Providencia. Ella y su familia  llegaron a vivir a dos cuadras de la familia Murriagui; ahí lograron sellar la amistad de las familias y de los jóvenes, quienes, al cumplir la mayoría de edad de los 21 años, unieron sus vidas.

El gran amor

Alfonso y MarinitaLa caballerosidad, el trato amable y cariñoso, fueron características del poeta. A Marina le decía “Omota”, siempre con un tono suave y dulce; los amigos y compañeros escuchábamos un trato especial de los dos.  Sus hijos recuerdan que siempre hubo esa convivencia amorosa entre ellos, fue un    “camote permanente”. Para Marinita era solo “el Gabicho”, dice Rubén, el primogénito Murriagui.

El amor y empatía de Alfonso logró una coordinación en todo ámbito. Marina era la primera en revisar y comentar todo escrito de Alfonso, nada      salía sin sus observaciones. Él acostumbraba a escribir en la noche y ella lo revisaba en la mañana; posteriormente él transcribía el trabajo en su  inseparable máquina de escribir, cuenta Juan.

  El soldado poeta

Alfonso decide ser parte de la milicia como alternativa económica del hogar, a los 20 años. En el ejército  se da a conocer por su pasión a las letras, sin embargo su carácter firme no aceptaba que la imposición esté sobre la razón, sobre el diálogo o la democracia; esto le generó problemas con la jerarquía militar, por lo cual fue desterrado por varios meses a cuidar el faro de La Libertad, en la actual provincia de Santa Elena, que entonces no tenía ni una veintena de habitantes, menos contaba con servicios básicos, y debía sobrevivir con lo que podía. Pero esa no sería la única vez que le sancionaron, su carácter irreverente le mereció penas similares, y por las que decía que gracias al castigo, pues tuvo la oportunidad de conocer los puntos más lejanos de la patria.

Al término de la sanción, el cuidado del faro de La libertad, retorna a Quito y por sus conocimientos literarios y amor a las letras es designado para trabajar como oficinista en el  Instituto Geográfico Militar, en cartografía. Cuatro años después renunció y continuó estudiando en el Colegio Mejía, donde reafirma su convicción y su irreverencia.

El buen orientador

Con la llegada de su primer hijo, Rubén, también llegan más necesidades,  que fueron superadas con el trabajo que mejor sabía hacer Alfonso: escribir, y todo lo que se relacionaba al arte y a la cultura. Trabajó en Esmeraldas en la universidad Luis Vargas Torres durante 5 años, también impulsa la elaboración de un periódico, también en Guayaquil. Entre el ir y venir luego llegó Lolita, la segunda hija del matrimonio; los dos fueron la inspiración de su padre para continuar escribiendo poemas, viajando y haciendo política, abrazado a la bandera roja de los trabajadores y del marxismo leninismo. Los pequeños  eran guiados y criados bajo la protección de Marinita, la madre abnegada y cariñosa.

Rubén cuenta que ama la literatura por ejemplo de su padre, pero lo suyo fue la política. Y añade: “mi vinculación y militancia fue junto a Milton Reyes, estuvimos juntos en la última manifestación que se le vio vivo. A Lolita, en cambio, su gusto por el arte fue evidente,  era una de las fanáticas y asiduas acompañantes de los eventos de papá, y por ello terminó su carrera en la Escuela de Bellas Artes de Quito”, señala el primogénito.

Lolita y Rubén recuerdan que los temas familiares primaban en casa, en menor intensidad eran los análisis políticos; y como todo “buen viejo” la autoridad de la casa era él. “La disciplina era vertical, y con profundo pesar por su ausencia dice: “nadie como él, él fue el mejor ejemplo que pude tener como hijo”, y se llenan de un brillo especial los ojos de los hijos de Alfonso.

Alfonso el trotamundo

Alfonso Murragui

Ya casado, aún muy joven y luego de renunciar al ejército, Alfonso decide viajar por América Latina durante ocho meses, junto con Raúl Arias y Rafael Larrea. Uno de tantos viajes que no asombró a la familia ni a los camaradas; que contó con el apoyo de la esposa y los hijos, que supieron sobrellevar la ausencia del jefe del hogar, con nostalgia y necesidades económicas por momentos.

Por su trabajo político y literario fue conocido en Venezuela; también prestó sus servicios en Chile durante 6 meses en el ámbito político y cultural. Salió de ese país del sur, junto con su esposa, gracias a la amistad e influencias del embajador Barrera Valverde, que lograron embarcarlos en un avión con rumbo a Ecuador un día antes de la caída y muerte del presidente Allende.

Rubén señala que en todo momento, en todo el tiempo, Alfonso estuvo vinculado a actividades artísticas y pegado a la música; y sonríe mientras recuerda que a su padre “le gustaban cinco canciones entonadas en guitarra, y a una edad madura aprendió a tocarles solo esas canciones, y con eso era feliz”.

Cárcel por amar las letras

Pero todo no fueron poemas, música, teatro, o política contraria al sistema;  Alfonso era un hombre de acciones y decisiones. lo que le mereció dos apresamientos en las dictaduras: el primero, por participar de la toma de la Casa de la Cultura, por lo cual permaneció detenido dos días en el llamado “Retén Sur”. Fue liberado junto con todos los presos (artistas que participaron del hecho), gracias a la presión y manifestaciones de organizaciones vinculadas a la cultura.  

La segunda detención fue por su actividad política. En esta ocasión permaneció tres días privado de la libertad, otra vez en el Retén del Sur, junto con su amigo de jornadas poéticas, de bohemia y política, Rafael Larrea, pues eran identificados como escritores y políticos contrarios al régimen. Salieron por errores de la Policía, por lo que debieron permanecer en la clandestinidad por algún tiempo.

El gran anfitrión

Entre los amigos del duelo se escuchó de las reuniones  de trabajo, artísticas y familiares en casa de Alfonso,  todos coinciden en que el poeta era un gran anfitrión, un hombre generoso, sociable y muy  ameno. De las reuniones de la casa todos salían felices y comentando del buen recibimiento.

Borrando recuerdos

El olvido, en forma de dolencia, se incrustó en la vida de Alfonso, para acabar de a poco con los recuerdos de los últimos años y apagar la inquietud y la intensidad de sus ánimos, que con la edad también se mermaban. Sin embargo, la memoria de la plenitud de su vida, de la juventud, de su agitada trayectoria junto a su hermano de letras, al “Rafiquito” como le decía a Rafael Larrea, estaban presentes. Al Rafico le esperaba, pues no creía que se le adelantó al viaje más largo y sin retorno. El Gabicho, Alfonso Murriagui, se perdía en el olvido, y eso tal vez fue para la amante esposa, Marinita, el dolor mortal e insoportable, imposible de superar.

Alfonso no conoció el significado de “ser pasivo”. El mundo de la cultura conoció a este músico, poeta y revolucionario rojo de toda la vida, que hizo en cada espacio un escenario para la poesía, para el teatro, o para formar a los nuevos poetas de izquierda. Que hizo honor a su nombre de tzántzico, y a ser miembro de su partido, el PCMLE.

¡Hasta siempre compañero!

 

Alfonso Murriagui, ¡por siempre!

hasta siempre Alfonso

POR FRANKLIN FALCONÍ

Él estaba presente. El pasado 19 de enero, Alfonsito asistía, junto a su equipo de compañeros de Opción, a uno de los más importantes eventos culturales del país. En éste, una vez más, él era el protagonista.

Aunque dolía, de una forma intensa y extraña, como dijera el médico y escritor, Marcelo Andocilla, al iniciar las intervenciones junto al féretro, que Alfonso se haya “volatilizado”, que haya adquirido “esa propiedad donde las moléculas se deshacen sin perderse, aquello que los químicos llamaban hace muchos años el flogisto, propio de los alquimistas y que fue heredado finalmente a los magos y los poetas: esa capacidad de hacernos invisibles”.

Marcelo no hablaba desde la metafísica, pues nada podría ser más inadecuado para referirse a un hombre que vivió y luchó desde las posturas científicas del materialismo histórico y dialéctico. Hablaba desde la inapelable perennidad de los grandes poetas, cuyos versos estuvieron, están y continuarán estando entre los trabajadores y pueblos del Ecuador y del mundo. “Él está plenamente presente entre nosotros, en cada uno de los versos, de las frases y de las letras que fue moldeando”, sentenció, antes de dar lectura a uno de los poemas gravados en las páginas de la revista “Pucuna”, de cuya creación, como uno más de los Tzánsicos, Alfonso había sido cómplice.

Y de este modo, el silencio, típico de los velatorios en la cultura occidental, fue roto de manera insolente y hermosa, como cuando Alfonso, junto a Rafael Larrea, Ulices Estrella, Raúl Arias…. y otros, despotricaban de manera estética contra un statu quo acartonado y ridículo.

Como lo recordó inmediatamente José Ron: “hablar del Alfonso es referirse necesariamente a un legado muy importante de nuestro país. Los años 60 fueron una etapa en donde la poesía, el cuento, la bohemia, lograron una altura que no se había pensado antes. Son estos testimonios escritos por los tzántsicos los que marcan una ruptura con todo lo que se había hecho en los años predecesores, y que inspiró a los jóvenes poetas y escritores a romper con ese pasado y trazar una nueva línea de lo que significa la creación literaria”.

Aquella escenografía lúgubre y fría de la sala de velaciones, típica de las funerarias de Quito, pronto sucumbió ante este nuevo escenario, en el que comenzarían a aparecer poetas, teatreros, músicos, pintores y de más artistas militantes (y militantes artistas). Ahí estaba Alfonso, cubierto con dos de las banderas que lo definirían para el resto de su vida: la del colegio nacional Mejía, de cuya Asociación de Egresados fue uno de sus orgullosos miembros, y la del Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador, al que se mantendría leal hasta el último de sus días.

“Alfonso, con su forma de ser, su voz viril, reflejaba un espíritu contestatario y revolucionario, que lo tubo hasta recientemente cuando recitaba su poesía, en sus cuentos, en sus artículos del periódico Opción, periódico que fue el escenario para reflejar su pensamiento. Eso era Alfonso, una persona que protestaba, pero con esperanza y entusiasmo, que no se apartó de sus principios…”, recordaba visiblemente emocionado, uno de los compañeros tzánsicos de Alfonso, Francisco Proaño Arandi.

Se leyeron versos, con la particular frustración de no poder ya oírlos de la voz del mismo Alfonso, quien solía ser profundamente tierno, al tiempo que firme y comprometido.

Tal vez el momento más conmovedor, en el que muy pocos pudieron combatir con éxito a la urgencia por salir que tenían las lágrimas, fue el protagonizado por uno de sus grandes compañeros y amigos, que había estado en largas jornadas de juerga y arte junto a Alfonso en la sala de redacción del periódico Opción, el poeta Tzánsico Raúl Arias:   

“Con Alfonso vivimos momentos extraordinarios, como el viaje por Sudamérica desde Quito hacia Perú, Bolivia, Chile y Buenos Aires. Duró algunos meses, los cuales compartimos como compañeros, camaradas y hermanos, entre Rafael (Larrea), Alfonso y mi persona; es un recuerdo que nadie borrará de mi mente. La pena y el dolor nos invade, pero Alfonso siempre estará presente entre nosotros, por todo el amor y el cariño que reflejó con su palabra y con su lucha”.

“Alfonso fue arte, vida, poesía y música”. De ese modo, los hermanos Mocayo, del grupo Cantores del pueblo, que formaron parte del Centro de Arte Nacional, que alguna vez dirigió Alfonso, irrumpieron con notas musicales y un cúmulo de sentimientos: “con él compartimos muchos momentos de tertulia, muchas noches de emociones y también de carajazos… Como hermanos Moncayo y Cantores del pueblo hemos venido a dedicarle las canciones que le encantaban: el pasillo que lleva por título ‘vaso de lágrimas’, al igual que el tema: ‘Sangre ecuatoriana’, porque él fue un verdadero ecuatoriano”.

A esas alturas, los asistentes: poetas, escritores, pintores, periodistas y familiares, habían entendido que lo que Alfonso significaba, su trascendencia cultural, política y humana, debía rebasar las lágrimas de dolor que evidentemente todos tenían el derecho a derramar. Debía también haber sonrisas, regocijo de saber que su obra no se va con él, que se queda, y por tanto también él se queda.

Le tocó el turno a Antonio Ordoñez:

“Estamos dolidos, sí es cierto, pero también hay que festejar la vida de Alfonso, eso es bueno. El Alfonso era un jodido y nos enseñó a muchos también a ser jodidos. En la época de los tzántsicos, en sus inicios, hacíamos unos recitales donde utilizábamos una suerte de puesta en escena, y quizá ese fue nuestro gran éxito. Ahora me percato que si éramos buenos poetas… Y Alfonso sin lugar a duda lo fue.  Cuando se abrió una escuela de teatro en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, nosotros los tzántsicos nos pasamos ella, porque quizá la importancia de que hacíamos los recitales con puesta en escena fue nuestra ventaja, no sabíamos mucho de actuación; entonces los propósitos tzántsicos sirvieron de mucho, pues vino un señor italiano, que gracias a nosotros cambió su proyecto, y se creó el teatro de la estética de la resistencia. Alfonso fue uno de los hombres que más tiempo estuvo ahí. Él fue actor, y no era tan malo… Incluso hizo un papel protagónico, lo recuerdo como excelente persona, excelente amigo, peleábamos mucho, pero todo eso era bueno, productivo, y mantuvimos una amistad entrañable”.

Alfonso era, sobre todo, rojo. En realidad, detestaba que algunos círculos intelectuales quisieran, en su momento, separar la condición de comunista que su entrañable amigo y camarada, Rafael Larrea, tenía, para mostrarlo sólo como poeta, solo como artista. “El Rafael no es divisible”, solía decir. Razón suficiente para afirmar, ahora, durante su sepelio, que Alfonso tampoco lo es.

Entonces, Antonio Guerrero era uno de los más indicados para afirmar esa condición ideológica que su compañero Alfonso tenía:

“A mí me educó Alfonso, soy uno de sus discípulos. La vida se nos va por los poros, por los huesos, por todas partes, eso es así. Queda el recuerdo de Olguita, quien nos recibía con su caldito, con su alegría, siempre con cariño. De Alfonso rescato ese ñeque y fuerza que tenía, era buen trago, bebía y no se emborrachaba, era tan lleno de vida que se convirtió en escalador de montañas. Sí, subía a las montañas de hielo… Alfonso estuvo en Esmeraldas, tierra de mis abuelos, era periodista revolucionario, milité con él en el periódico En Marcha, fue militante marxista leninista, rojo como la sangre, y eso es lo que nos deja y exige la continuidad de un presente y un futuro”.

Y como para cerrar con pinceladas llenas de color y esperanza, Alberto Carcelén, otro de sus discípulos en el Centro de Arte Nacional, artista plástico y presidente actual de la Unión de Artistas Populares del Ecuador, concluyó diciendo: “queda el vacío, pero también queda su legado en nosotros los artistas”.

Ahora, luego de que han pasado unos días de tu sepelio, querido Alfonsito, desde Opción repetimos la pregunta que formulaste en unos de tus poemas:

“¿Qué hay desde los sueños?”

Y en coro gritamos la respuesta que tú diste:

“¡la permanente angustia de luchar para que cambien los rumbos de la vida!”

Desde hoy, cada nueva letra que OPCIÓN imprima, de denuncia contra el explotador, de esperanza en una patria de los trabajadores y pueblos, de profundo cariño a las expresiones humanas más simples y hermosas de nuestros hermanos de clase, tendrá tu marca querido Alfonso… en la Mesa de Redacción aún estarás presente, apuntando en tu libreta las ideas que darán forma a las nuevas creaciones del porvenir.

Tus compañeros y compañeras, ¡por siempre!

 

Alfonsito Murriagui Valverde 2

 

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OPCIÓN es un periódico que circula a nivel nacional cada quince días. Se editó por primera vez el 21 de enero del 2001. Tiene una línea editorial que se identifica con los sectores populares y movimientos sociales del país, por eso es un medio de comunicación alternativo; alternativo a los intereses políticos, económicos, sociales y comerciales -hegemónicos capitalistas- que guían la acción de los mass media.

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