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llamingo

José Villarroel Yanchapaxi

Existen dos versiones sobre el nombre de la parroquia Alangasí. La primera proviene del Inca Alangos, y la segunda, debido a que este señorío étnico formaba parte del Reino de Quito,

era conocida como “Langasï” (Alanga = aguacate y shi = fruta larga y cilíndrica). Aquí se encontraron cráneos del hombre de Alangasí, como lo menciona el historiador Jorge Salvador Lara. Este pueblo ancestral data del paleo-indio (10.000 años A.C.) aunque hay quienes aseguran que se remonta a 25.000 años, lo que implica que estuvieron conviviendo y a lo mejor alimentándose con los últimos ejemplares de la mega fauna del pleistoceno. Prueba de ello es el descubrimiento de un Milodón, llamado Mastodonte, encontrado en Callihuaico-Alangasí, por el profesor Spellman, el 9 de abril de 1928, junto con puntas de lanzas y otros utensilios.

 Los primeros grupos de nómadas, conocidos como “Ingas”, se asentaron en las estribaciones del cerro Ilaló y a lo largo del Valle de los Chillos presumiblemente cuando los glaciares de la última glaciación estaban en pleno retroceso. Los antiguos pobladores encontraron un lugar ideal para vivir: clima templado, bosques abundantes, recursos minerales, como basalto y obsidiana, materiales que les sirvieron para la elaboración de armas, además de una diversidad de flora y fauna, como osos, armadillos gigantes, ciervos, camélidos andinos, tigres dientes de sable, además de numerosos frutos silvestres.

Estos grupos buscaban integrarse con pobladores panzaleos que se expandían desde el sur y que con el tiempo se absorbieron en sus señoríos y se integraron en una red de “Bulus”, comercialmente enlazados por los “yumbos” y “mindaláes” por su acceso a la Amazonía. Fueron económica y militarmente fuertes, fueron quienes más tarde ofrecieron resistencia a la intromisión de los ejércitos del Inca Huayna Capac. El arribo expansionista de los conquistadores Incas al Valle de Los Chillos ocurrió en 1487, cuando encontrarían feroz resistencia por los ejércitos del General Píntag.

Durante la ocupación Inca se establecieron: mitimáes, redes comerciales, asentamientos de tambos, camino del Inca, encomiendas pecuarias y de cultivo. Se difundió la “lengua del Inca”, el quichua, como lengua de relación, aun cuando se conservaban las lenguas locales para las relaciones internas. Todo ello respetando la estructura social y económica de los señores étnicos locales, y de sus ayllus, que pronto empezaron a ligarse en matrimonios con los “mitimáes”, “yanaconas” y “kamayuccunas”, traídos por los Incas y asentados entre ellos.

Luego de la sangrienta conquista española, en la que casi queda exterminada la cultura de los pueblos originarios, ya en tiempos de la Colonia, los invasores españoles crearon para la explotación de estas tierras cuatro instituciones: las “encomiendas”, las “doctrinas” y las “mercedes de tierras”, que podían ser también de ganaderías, y los “obrajes”. Procedieron primero a la repartición de tierras (“encomiendas de tierras”) para los “principales”, que habían participado en los hechos de armas, luego para los burócratas del nuevo estado y finalmente para las congregaciones religiosas, aunque no faltaron también adjudicaciones para aquellos herederos del Inca o de su Panaca que se sometieron y aliaron con los españoles, o que se prestaron a ser utilizados como señores étnicos de los hombres que llegaron a estas tierras capitaneados por Cristóbal Colón.

Las “encomiendas” eran grandes extensiones de tierras que más tarde, con la implantación del feudalismo, se convirtieron en haciendas en las que los indios formaban parte de la propiedad del señor feudal. Los indígenas, a pesar de continuar figurando como propietarios de ellas, debían tributar al Encomendero en granos y trabajo. Era una institución regulada por el Consejo de Indias, situado en España que dispuso que la propiedad de las encomiendas no pudiera permanecer a perpetuidad en unas solas manos, sino que como máximo podía pasar a un heredero y luego de lo cual debía reintegrarse para ser adjudicada a otra persona o institución. Así fue como las encomiendas pasaron de mano en mano a través de diversas generaciones y en no pocos casos terminaron por ser adjudicadas a las órdenes religiosas, que ya bastante tierra tenían en el Valle de Los Chillos. Por ejemplo las tierras de la encomienda de Don Rodrigo Núñez de Bonilla que quedaban, parte en Alangasí y parte en Píntag, pasaron a ser regentadas por la orden de los Jesuitas. Don Juan Sarmiento quedó como encomendero de Alangasí, Uyumbicho, Amaguaña, Sangolquí y Conocoto.

La Colonia aplicó además otro sistema de adjudicación de tierras, al que llamó las “mercedes de tierras”, consistentes en entregar tierras de “la Corona” bajo solicitud a ciertos notables que hayan defendido los intereses de la colonia (entre ellos los propios conquistadores), para propiciar la implantación y explotación de cultivos, ganadería y obrajes; lógicamente la mano de obra estaría a cargo de los indígenas nativos y mitimaes, quienes no tenían ningún derecho.

Las primeras reparticiones de “mercedes de tierras” para labranza y ganadería en Quito se efectuaron hacia 1535, extendiéndose al Valle de Los Chillos, Cotocollao, Zámbiza, Pifo y el valle de Machachi. Durante cien años, más o menos, la tierra fue cambiando de manos, hasta que para la segunda mitad del siglo XVII (1660-1690) las tierras que todavía existían en manos de indígenas desaparecieron, pasando la propiedad íntegramente a manos españolas.

Un lapso de un siglo y medio transcurrió en este estado de cosas, hasta que en 1766 el Rey Carlos III decretó el 20 de agosto de 1767 la expulsión de la orden religiosa de los Jesuitas de nuestro territorio. Con este suceso, se confiscaron sus propiedades, que pasaron a ser administradas, por una llamada “Junta de Temporalidades”, hasta su enajenación (por compra o remate) en favor de terceros, generalmente gente de la nobleza criolla. Finalmente, la orden de los Dominicos declaró como parroquia eclesiástica a Alangasí, con el nombre de “Pueblo Angélico de Santo Tomás de Alangasí”, aunque la parroquialización civil se realizaría el 2 de febrero de 1860.

Actualmente la parroquia de Alangasí tiene 25.0000 habitantes. Está conformada por un total de 32 barrios, entre los que se encuentran: Angamarca, Barrio Central, Chinchinloma, El Tingo, Fuentes Cristalinas, Jerusalén, La Ferrara, Mirasierra·Miravalle, Playa Chica, San Carlos, San Francisco de Alpahuma, San Juan Loma, San Vicente, Tejar, Ushimana, etc.

Las fiestas de parroquialización se realizan anualmente en honor de la Virgen de la Candelaria, patrona de la parroquia. Este 2 de febrero de 2017 se cumplirán 157 años, motivo por el cual para festejar dicho acontecimiento se realizaron una serie de actos culturales, deportivos y religiosos.

La elección de la Reina se llevó a cabo en el ágora del Centro Cultural parroquial. En esta oportunidad esta distinción recayó en la persona de Emily Valdivieso,  representante del barrio Centro. El desfile de la confraternidad se llevó a cabo el sábado 28 de enero donde hicieron su presentación los personajes propios de la cultura alangaseña, además de delegaciones de Bolivia con la presentación de la danza del Tinku, Saya y Morenada y los establecimientos educativos de la zona, en tanto que en el parque central los pintores radicados en la zona expusieron su obras de arte en pintura y escultura destacándose la obra de Celso Mejía, salpimentada con un festival gastronómico en el que se ofreció el tradicional hornado, morocho y empanadas, así como las tortillas de maíz cocidas en tiesto de barro y leña.

La fiesta terminó con la tradicional corrida de toros populares, la novena edición de la carrera atlética Virgen de la Candelaria y la quemazón de la chamiza y los juegos pirotécnicos al son de una banda de pueblo.

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